El pintor y yo.
De acuerdo, como entre él y yo no hay ningún tipo de futuro como pareja y sus derivados, inventaré pues, una historia que relate lo que mi piel quisiera y desea que acontezca. Voy a usar distintos nombres ya que, por respeto a él y a su entorno, no podría revelar el suyo con tanto descaro. Se llamará Patricio y yo Manuela…
Me llamo Manuela y tengo 23 años. Tengo ojos azules y me encanta bailar. Lo hago bien, lo sé porque más de una vez me han soltado algún piropo revelando la admiración hacia mi talento como bailarina. No practico el baile como profesión, ni mucho menos, pero si me doy el gusto de desplazarme por cualquier pista de baile que amerite la ocasión para revelar este talento ya no tan oculto. Terminé mi carrera hace menos de 5 meses, por ahora trabajo como asistente en un taller de pintura. Tampoco soy pintora de profesión, pero por el momento me pagan bien y me ayuda a resolver y pagar las cuentas que llegan todos los meses por correo. Me relaja mucho trabajar en el taller, es un ambiente muy relajado y libre de por sí. Entran y salen chicas y chicos que posan para diferentes artistas. Mi trabajo consiste en mantener un poco el orden en ese amplio y luminoso lugar en donde más de una historia se ha desarrollado a lo largo de los años. Algunas que simplemente se quedaron en las memorias de personas que pasaron por ahí, y otras, como ésta, que, como otro loco por ahí, decidió escribir. Conseguí este oficio por una amiga mía que si es pintora. Decidida a tomarme un año sabático y encontrarme a mí misma, por decirlo así, ésta amiga, Paulina, me pasó el dato acerca del empleo, y pues ahí di a parar.
Al comienzo el trabajo en el taller se me hacía un poco aburrido. Eso de estar ordenando desordenes ajenos se me hace un poco irónico, teniendo en cuenta que mi habitación la mayor parte del tiempo en lugar de cuarto parece un muladar. Pero en fin, trabajo es trabajo y me considero bastante buena en mantenerlo siempre y cuando esté a gusto de cierta manera.
Y pues así, de esa manera tan irónica se me pasaba el día, ordenando de un lado a otro las pinturas, arcillas, lienzos, etc. Conversaba de vez en cuando con algunos de los artistas de paso que decidían dejar su huella en aquel taller que, por comodidad y quizás un poco de delirio, decidí llamarle “El Rubí”.
Siempre quise ser modelo, aunque no esas modelos raquíticas que desfilan por largas pasarelas, todas desabridas y huecas en todo sentido de la palabra. Mejor dicho entonces, siempre quise posar para alguien. Y posar completamente desnuda. Puede sonar aberrante, pero es algo que quise hacer toda mi vida, posar. Preferiblemente, posar para un completo desconocido, un pintor o un escultor. Simplemente posar como Dios me trajo al mundo para un artista bohemio, pero nunca se me había dado la oportunidad o, mas bien nunca tuve los cojones para hacerlo, ya que en varias ocasiones mas de uno de los pintores que pasaron por El Rubí me lo ofrecieron, pero por cosas que no entiendo, nunca dije que si.
Entre las entradas y salidas de esa gente rara y bohemia que venía a invadir El Rubí, decidí sin permiso alguno de nadie, tomar una siesta. Ya la noche estaba por caer, el trafico de personas había disminuido y mis funciones laborales ya habían sido cumplidas. Todo estaba en orden y, mientras esperaba la llegada de Paulina, porque habíamos quedado en embriagarnos hasta morir en nombre de los malos amores (la pobre había terminado con el novio, o mejor dicho, el bastardo la dejo por su ex), reposé mi cuerpo en una de las camas tamaño queen dentro de una de las habitaciones de esa casona convertida en taller y ahora en “El Rubí”.
No tengo idea cuanto tiempo fue que estuve ahí desparramada por toda esa cama con sabanas blancas salpicadas con diferentes colores de pintura. Lo que si sé es que en vez de ver a Paulina al despertarme, lo vi a él, a Patricio. Lo primero que hice fue pararme cual resorte de la cama. Él por su parte volteó y sin darse por aludido, me echó un vistazo y prosiguió con su pintura. Pero hubo algo en él que se quedó pasmado en mi cabeza como algo inquietante que no me dejó tranquila, aún mientras el alcohol invadía mi sistema sanguíneo. No se lo comenté a Paulina, aunque algo me decía que si trataba de averiguar algo acerca de aquel individuo quizás ella me daría alguna información, pero no dije nada.
La mañana siguiente, aún con la inquietud de saber un poco más acerca de ese hombre que me había visto dormir a pierna suelta, quién sabe durante cuánto tiempo, cumplí con mis labores en El Rubí. Pero ahí permanecía esa ansia, preguntándole a mi cerebro quién era aquel sujeto y por qué demonios no me dejaba tranquila. Como de costumbre, no pude más con la curiosidad, bien dicen que la curiosidad mató al gato y en éste caso me mato a mí. Hice mis averiguaciones con gente del taller. Dí los pocos datos físicos que mi memoria había grabado sin querer queriendo y, gracias a mi insistencia, recolecté ciertos datos acerca de ese hombre y así fue que mi inquietud se fue convirtiendo en un desespero absurdo que me derivó a planear un nuevo encuentro con él.
Su nombre era Patricio. Tenia un poco más de 38 años y ojos verdes. Era casado y con 4 hijos. Iba de vez en cuando al El Rubí a pintar como pasatiempo, siempre de noche. Al menos a esa conclusión llegué, ya que nunca lo había visto antes y yo salía de trabajar no más tarde de las 6 pm. Cuando me dijeron que era casado y con 4 hijos, la remota idea de empezar una aventurilla amorosa con él se dio por muerta. Eso de ser la otra, jamás se me había ocurrido, ni siquiera en mis más aberrantes fantasías. Dada así la situación, dejé la terquedad de querer concretar ese encuentro furtivo entre Patricio y yo.
Otros dos meses pasaron y hasta ese momento nunca supe más de ese sujeto de ojos verdes. Sin embargo, a veces, aunque uno trate de hacerle trampas al destino, dicen algunos que éste ya esta escrito, y hay cosas que aunque uno quiera, insisto, no se puede hacer nada para poder evitarlas. Para variar, mi amiga Paulina, había sufrido una vez más una decepción amorosa. Esta vez no la habían dejado por una ex, si no más bien, por una amiga en común y yo no podía dejarla sola en tan desolado paisaje, así que le propuse encontrarnos en El Rubí, ya que al fin y al cabo ella era la dueña del local y tendríamos la libertad de quedarnos hasta altas horas de la madrugada sin que nos echen.
Mientras esperaba la llegada de mi pobre amiga, abrí una botella de vino para no hacer tan tediosa la espera, además sabia que el llanto de la pobre daba para horas y el alcohol de la bebida iba a ser mi aliado para hacer más ameno el escenario. Las horas pasaron y siguieron pasando. Cuando me di cuenta, la botella ya estaba completamente vacía y yo un poco anestesiada por el vino. La llamé y nada, no hubo respuesta con excepción del contestador del móvil. Un poco frustrada e histérica por el desplante de mi querida amiga, tomé mis pertenencias y decidí retirarme del taller. Mientras ordenaba las pocas cosas que aún estaban tiradas en el piso, escuche que alguien abría la puerta. Inmediatamente pensé que era Paulina pero, para mi sorpresa, quien cruzaba el lumbral de la puerta era Patricio.
Me quedé helada. ¿Por qué? Porque me tomó por sorpresa ver al hombre a quién había decidido tachar de mi lista de posibles conquistas. Pero ahí estaba, parado con esa soltura de macho maduro, sexy, interesante, y de más.
- Buenas noches, dijo.
- Hola, ¿qué tal?
- No tan bien como tú…
Las mejillas se me incendiaron de inmediato. Me puse nerviosa. Quizás era el efecto del alcohol que aumentaba su reacción a pasos agigantados mientras su mirada se me penetraba de una manera extraña.
- ¿Viene a pintar?
- Si, o por lo menos intentar
- Ah…yo ya estoy de salida, así que no se preocupe, que pintar va a poder.
- ¿Y por qué no te quedas?
Su pregunta me hizo flaquear. ¿Por qué no me quedaba? La respuesta era bastante sencilla, no lo hacia porque soy mujer, estaba un poco pasada de tragos, y me atraía demasiado. Además, yo sabía que era un hombre casado, con hijos, y bajo esas circunstancias, si me quedaba las cosas probablemente seguirían un rumbo que no era el debido.
- No puedo.
Le dije con una sonrisa a medias que delataba mi estado de nervios
- ¿Tienes algo que hacer?
- No, bueno, si, pero parece que me han dejado plantada.
- ¿Un novio?
- No, una amiga.
- Entonces quédate.
- Usted ha venido a pintar y por lo que sé a los pintores no les gusta tener compañía mientras pintan
- ¿Como te llamas?
- Manuela.
- Manuela…
- Si, así me llamo ¿y usted?
- Patricio, pero por favor no me llames de usted. ¿Tan viejo se me ve?
- No, no, para nada, pero a penas lo conozco y por respeto…
- Nada, olvídate de esas cojudeces del usted, me llamo Patricio y te agradecería que me trates de tú.
- OK Patricio…bueno es mejor que me valla…un gusto
- ¿Te gustaría que te pinte?
- ¿Perdón?
- ¿Si te gustaría ser mi modelo? … Posar para mi.
Como dije, siempre había querido posar para alguien y su propuesta se me hizo bastante tentadora, pero una vez más los remordimientos y las cuestiones de fidelidad de él hacia su mujer se me vinieron a la cabeza. Y sin embargo…
- Si.
Dije sin pensarlo.
- Entonces no te vallas.
- ¿Por qué me quiere pintar?
- No se, simplemente me ha provocado, me gusta tu mirada.
Sonreí y nuevamente el calor invadió mis mejillas.
- Quizás en otra oportunidad, hoy no.
- OK Manuela, en otra oportunidad te voy a pintar.
Recogí mi mochila y me marché. Aunque debo decir que estuve al borde de quedarme y posar para aquel pintor como siempre había querido. Pero fui cobarde y me fuí.
Pasaron unas cuantas semanas, más o menos, hasta la siguiente vez que me volví a cruzar con Patricio. Nada fuera de lo normal sucedió en el interín. Seguí yendo a El Rubí con la misma continuidad de siempre, aunque con la esperanza de cruzarme con él. Pero no fue así. Parecía como si la tierra se lo hubiese tragado. Pero no pregunté a nadie acerca de él. Era el destino quien al parecer había decidido que lo mejor era que no nos volveríamos a ver.
Quise esconder o, al menos, tratar de ocultar mis ansias por ver al Sr. Pintor. Pero no soy muy buena en eso, ya que por alguna razón mi cuerpo suele hacer ciertos movimientos o gestos que delatan que algo me pasa. Paulina, era toda una experta en descubrirlo y no tardó en averiguar qué cosas me estaban pasando por la cabeza.
- Oye Manuelita, a ti te pasa algo ¿no?
- ¿A mi? ¿Y eso?
- A mi no me puedes mentir hijita, te conozco mucho más de lo que debería.
- No se por qué puedes pensar que me pasa algo..
- ¿Quieres que te de una lista? ¿O te lo resumo?
- Ay Paulina, tu siempre con tus cosas…mejor cuéntame tu qué fue de tu futuro ex novio?
- Oye, no me cambies el tema…además de ese degenerado monta cachos no quiero saber ni el nombre, así que ni me preguntes
- Ya era hora de que te dieras cuenta!
- Si, si, ya ni me digas…pero tu sabes…la carne es débil y bueno…
- Me lo vas a decir a mi…
- Ah?
- Nada, olvídate..no me hagas caso.
- No, no, nada de que me olvide. Ya dime que te traes oye! Has conocido a alguien ¿no?
- No…nada que ver.
- Ya oye, dime, que te voy a torturar hasta que me cuentes…
- Qué chismosa eres..
- Me vas a contar?
Yo a Paulina la quiero mucho. Podría decir que es mi mejor amiga y nunca le he dejado de contar nada. Nos conocemos desde que tenemos dieciséis años, y ambas sabemos cuándo algo está pasando. Y aunque la pobre nunca ha tenido muy buena suerte en relaciones amorosas, o mas bien en la “práctica”, en la teoría es una experta y siempre me ha dado los mejores consejos en cuanto a los hombres.
- Ya, está bien, te voy a contar..
- A ver…dime
- Hay un señor que viene de vez en cuando, o mas bien casi nunca, a pintar. Generalmente lo hace de noche, al menos eso creo porque solo lo he visto un par de veces…se llama Patricio..
- Patricio!
- Si…¿lo conoces?
- Claro, él es el que me vendió “El Rubí”, como le llamas tú.
- ¿Él? ¿Cómo así?
- Nada, es que nos conocimos en una galería de arte en Chile y conversando me comentó que él tenía un lugar perfecto para montar un taller. Como me pareció divertidísima la idea, le propuse comprárselo y bueno, aceptó con la condición de que él iría por las noches. Me pareció un poco extraña su condición, pero como me lo vendió a buen precio no indague mucho en el tema.
- ¿Qué?? ¿Tu?? ¿Paulina?? ¿No quisiste saber mas del tema? No te creo..
- Pues créelo, la verdad que no. Obviamente hice alguna averiguaciones sobre él, por temas legales más que nada y como me informaron que era un buen tipo, pues nada, cerré el contrato de la compra del Rubí.
- Ah…mira tu!
- Bueno, y ¿qué ha pasado con él?
- Nada…
- Entonces ¿por qué tanta pregunta?
- Es casado ¿no?
- Bueno..por lo poco que sé…si está casado, pero no enamorado.
- ¿Cómo es eso?
- Nada pues, sigue casado, aunque la ultima vez que hablé con él me comentó que parecía estar a punto de divorciarse…la esposa le sacó la vuelta y como él ya no está enamorado, parece que van a dar por terminada la relación.
- Y dices que no eres chismosa…todo sabes
- ¿Qué puedo hacer si la gente me cuenta? Escucho nomás… soy una buena samaritana, amiguita.
- ¿Y tiene hijos?
- Si, tiene 4 hijos. El mayor tiene 17, la segunda 16 y la menor 14.
- Anda! No son tan grandes entonces…pobres, seguro lo del divorcio les va a chocar bastante
- Seguro, pero así pasa pues…
- Si…
- Oye, pero ¿qué? ¿Ha pasado algo con él?
- No… de verdad que no ha pasado nada… aunque ya que estamos hablando más del tema… cuando lo vi, sentí algo bien raro.
- ¿Te gusta?
- Físicamente si. Está guapísimo, pero imagínate, sabiendo que era casado, lo descarté.
- Y si ya sabías, ¿para qué me bombardeas con tanta pregunta?
- Ay porque no sabía tantos detalles, pensaba que era felizmente casado y bueno… ahora que se la verdad, ya no me siento tan culpable de que me atraiga.
- Ay Manuela, tu te pasas…
- Por qué?
- No se… cuidado nomás, no te vayas a enamorar…
- Ay cállate oye, enamorar…es lo ÚLTIMO que quiero.
- Solo te digo nada más…cuidado.
Teniendo en cuenta que Patricio era un hombre “libre”, aunque casado aún, mi imaginación no tardó en redactarse una historia apasionada con él. El problema era que no lo había vuelto a ver y por esa misma razón, mis pensamientos cada vez se concentraban más en el próximo encuentro. Tenía todo planeadísimo. Ésta vez no iba dejar pasar la oportunidad de posar para él.
Cada vez que imaginaba nuestro encuentro clandestino, se me venían a la cabeza las palabras de Paulina; “no te vayas a enamorar”. Y por supuesto que no tenía ni la más mínima intención de hacerlo. Lo único que buscaba en ese pintor era pasarla bien. Tener a alguien con quien hablar de la vida, sin ataduras, sin remordimientos, sin reproches, sin nada. Y Patricio calificaba al 100% para ese papel de compañero de noches largas y aburridas que suelen apropiarse de mi vida cotidiana.
Mi teoría acerca del amor, es un poco confusa. Sé que quiero casarme, formar una familia y tener a alguien para envejecer. Por supuesto que enamorarme estaba dentro de mis planes, pero no a los 23 años y menos con un pintor a punto de divorciarse y con 4 hijos a cuestas. No, claro que no. Lo que yo quería en ese momento de mi juventud era vivir plenamente esos años descubriendo cosas y sintiendo cosas que probablemente a los 40 no se sienten igual.
Otro par de semanas pasaron…y aunque aun seguía latente el imaginario momento de mi próximo encuentro con Patricio, ya había perdido un poco las ansias. Las dos últimas semanas me las había pasado trabajando más de lo normal. Y no me refiero solo en mi trabajo en el Rubí, si no también había estado trabajando en la redacción de un cuento para niños. Un tío me había ofrecido ayudarme con los costos y como pasatiempo suelo escribir, pues había decidido aceptar. Y en eso me ocupaba en mis tiempos libres.
Si es que no me equivoco, era martes por la mañana cuando sin querer queriendo vi a patricio, en El Rubí. Yo me había tomado el lunes libre para poder terminar los últimos detalles del libro. Fue tanta la casualidad de vernos allí de día, que en lugar de nerviosa, estaba sorprendida. Lo que también era curioso, era que no había nadie en el local. Era martes, día de semana, lo que significaba que por lo general se suponía que al menso 5 o 6 personas estarían allí. Pero solo estaba Patricio, sentado, fumando un cigarro y tomando vino.
- Disculpe, vengo por unas cosas, le avisé mientras me dirigía hacia un ropero de madera de época, pintado de colores brillantes.
- Me habías hecho el día, pensé que venías a que te pinte.
- Jajaja. -reí un poco nerviosa- No, perdóneme, es que estoy un poco apurada
- ¿Tienes muchas cosas que hacer?
- La verdad es que no, pero tengo que dejar estos lienzos para mandarlos a enmarcar.
- Hazlo después, no hay apuro, cuando los dejes te van a decir que te los tienen listos para el jueves y, si vas mañana, te dicen lo mismo.
- ¿Usted cree?
- Ya habíamos quedado en que me ibas a tratar de tú, dime Patricio. Y si, claro, ya me la han hecho varias veces.
- Ahhh
- Te invito un poco de vino, quiero conversar con alguien
No sabia si quedarme o salir corriendo. Si me quedaba, entonces podía poner en práctica muchas de las cosas que ya habían pasado en mi imaginación y con una carga de conciencia impresionante también. Pero si salía corriendo me arrepentiría toda la vida…
- Ya, está bien, te acepto una copita. La verdad que un poco de vino no me caería nada mal.
- ¿Te gusta el vino?
- Si
- Qué bueno! Ahí tengo 4 botellas
Sonreí un poco retraída, mientras le daba un sorbo al vino.
- Qué raro que no haya gente… ¿ha pasado algo?
- Si, ya me divorcié, y pedí cerrar el local para mí por la semana.
- Ah… ¿vacaciones?
Quizás pude haberle dicho que lo sentía, pero la verdad era otra. Tampoco es que estaba feliz porque ya se hubiera divorciado, pero no me iba a poner en plan de psicóloga o paño de lagrimas….
- Jaja, podría decirse que si….estamos solos, podría pintarte.
Sentí una electricidad corretear hacia el sur de mi ombligo y sin pensarlo accedí.
- Píntame.
Me clavo sus ojos y sentí que en menos de un segundo me había desvestido. Me tomé el vino que quedaba en mi copa y mientras buscaba mi cajetilla de cigarros en la cartera, me dijo lo que tanto había querido escuchar de esos labios que me enloquecieron desde la primera vez que los vi.
- Me gustaría pintarte desnuda.
- Jajaja. ¿Como en el Titanic?
- No, más hermosa.
- Gracias
- Ven, te ayudo a desvestirte.
A pesar de que no le había dicho nada, me acerque y me desprendí los prejuicios. Apagué mi conciencia para que no me aturdiera, al menos por unas horas.
Estaba frente a él, que vestía unos jeans gastados y polo azul oscuro, ambos manchados de pintura. Unas Converse rojas y su melena rulienta, más desprolija que de costumbre. Me desabotonó la falda de jean blanco que llevaba puesta y con ambas manos, me la bajo dejándola caer al piso. Luego desabrocho uno por uno los botones de mi camisa. Tomándose su tiempo, como cuando uno va disfrutando de un helado de agua en pleno verano. Yo estaba inmóvil, sentía una tensión entre las piernas que ponía en peligro la fuerza de voluntad de mi piel.
- Eres hermosa -me dijo mirándome a los ojos, mientras yo solo vestía mi ropa interior-.
- Gracias –sonreí-.
- Voltéate, déjame ayudarte.
- Gracias.
Al voltearme, ya en cueros, cubrí tímidamente mis senos.
- No tengas vergüenza, eres muy linda, siéntete orgullosa por tanta belleza
Sonreí. Se me acercó más, y esta vez podía sentir que estaba excitado. Me acaricio toda la espalda, me miró a los ojos y me clavo un beso, de esos que te desarman hasta la mirada. Mientras su lengua envolvía la mía dando movimientos circulares, sentí unas caricias entre mis piernas que me estremecieron inesperadamente sin poder evitarlo.
- ¿Quieres hacerlo? Me dijo al oído mientras seguían las caricias….
Le di mi respuesta al quitarle el polo y abrirle el pantalón. Me agarró de la mano, y nos dirigimos hacia la habitación en donde él se refugiaba a pintar. La misma en la que lo vi por primera vez cuando me quedé dormida en la cama que ocupaba el dormitorio.
De mas está describir lo que paso esa mañana. Las caricias duraron un poco más que el atardecer en llegar. Exhaustos de tanto desenfreno, caímos rendidos, con los cuerpos aún entrelazados en un sueño profundo, del cual desperté ya caída la noche.
Al despertar noté que Patricio ya no estaba a mi lado. Él se encontraba parado frente a un lienzo montado sobre un caballete en dirección hacia a mi. Me estaba pintando desnuda.
- Quédate ahí - me dijo-. Ya casi termino.
- ¿Hace mucho que te despertaste? -pregunté, aun despertándome-.
- Un par de horas.
- ¿Por qué no me despertaste?
- Porque no te hubiese podido pintar…
Sonreí.
- Ya está. Ya terminé…
- ¿Puedo verlo?
- Acércate.
Me envolví rápidamente con las sabanas blancas, manchadas de pintura y me acerque hacia donde estaba Patricio. La pintura era perfecta; tal y como imagine siempre.
Después de aquel día, siguieron muchos iguales a ese. Nuestros encuentros eran clandestinos. No por miedo a la critica de la gente que podía tener alguna opinión acerca de nosotros, si no porque el hecho de vernos a escondidas lo hacia mas excitante para ambos. La pasión de nuestros encuentros perduró durante los siguientes 4 meses. La entrega era cada vez mayor y con mucha mas intensidad que la primera. Hasta ese momento la situación era bastante cómoda para ambos. No teníamos que rendirnos cuentas de las cosas que hacíamos o dejábamos de hacer, ya que los dos sabíamos que lo que pasaba era algo momentáneo, algo fugaz, algo sin futuro.
- ¿En qué piensas? -me dijo mientras yo arreglaba unos libros viejos que había encontrado en un baúl en El Rubí-.
- En nada..
- ¿Ya te aburriste?
- ¿De qué me hablas?
- De lo nuestro.
- ¿Tu ya te aburriste?
- No quiero que terminemos mal.
Hacían varios días que la idea de cortar palitos me rondaba la cabeza, pero trataba de no pensar en eso. Yo tenia bastante claro que la relación que manteníamos no iba a ningún lugar, simplemente comenzaba y terminaba en la cama. No había ningún tipo de contemplación a la idea de formalizar algo que no podía ser más que un revolcón de caricias para saciar el apetito sexual que nos recorría el cuerpo a ambos.
- ¿Estás terminando ésto?
- Dame un beso.
- ¿Para qué? Si esto debe acabar, es mejor que me vaya de una vez.
- Ven
- No…
Deje caer los libros que sostenía en las manos. No estaba molesta, triste, o dolida. Simplemente no sentía nada. Y a decir verdad no sé qué es peor. Cuando me di cuenta que el juego de los besos y el sudor que habíamos estado jugando durante los últimos meses estaba agonizando, no sentí nada. Fue como cuando uno termina de leer un libro; simplemente cierras el libro, y continuas con tu vida como si nada.
- Juguemos a querernos por ultima vez, dijo en tono de suplica.
- ¿Te has enamorado? - Pregunté un poco confundida-.
- No lo sé, si es así, que no te importe, simplemente ámame por última vez.
Hicimos el amor como dos animalitos en celo. Esta vez, sus caricias me escribían en la piel su confesión de amor, mientras yo le tatuaba mi perfume en la piel para que nunca me olvide. Al terminar la jornada, le di un beso en la barbilla, y me fui.
Decidí ausentarme de El Rubí por los siguientes días para evitar algún encuentro con Patricio. No trataba de esconderme, simplemente era mejor evitar la tentación. Hablé con Paulina, y le tuve que confesar lo que había estado ocurriendo en el taller entre Patricio y yo. Ella lo supo desde el principio y, a pesar de eso, prefirió no intervenir. Renuncié al trabajo, ya que seguir frecuentando El Rubí no iba a ser más que un problema. Cuando uno termina una relación, es mejor matar todo lo que la rodea para evitar caer en un circulo vicioso.
Después de unos meses, cuando Patricio ya había pasado a ser una historia más para mi conjunto de memorias. Por casualidades de la vida y como nunca, pasé por en frente del taller. No sé exactamente como fué que terminé allí, quizás por cosas del destino…no lo sé. Durante aquellos meses, Patricio intentó buscarme, hablar de las cosas. Quiso que le diéramos una oportunidad a lo nuestro. Pero no quise. Él no era lo que yo quería. Yo nunca me enamoré, simplemente quería pasarla bien… aunque suene descabellado, así fue.
Busqué en mi cartera mis cigarros, y al levantar la mirada me dí con la sorpresa de ver a Patricio junto a unas de las jovencitas que solía frecuentar El Rubí en busca de algún acoston fugaz. Al parecer, Patricio había sido el elegido, ya que se dirigían hacia la puerta principal, agarrados de la mano, derrochando al andar litros de pasión breve.
Sonreí y, a pesar de que se me cruzo súbitamente la idea de saludarlo, supe que al final del cuento, lo que yo había sido para Patricio, él también lo fue para mí.
Han pasado tres años desde la última vez que nos tratamos mas allá de un beso inocente de saludo o despedida. A pesar de que solemos frecuentarnos por amigos en común, ambos nos hacemos los desentendidos. Nadie tiene por qué enterarse de los pecados ajenos. Mucho menos si éstos pueden herir a alguien. Patricio, después de unos 6 meses, regreso con su mujer ya que al parecer nunca se firmó el divorcio. Para vista de cualquiera, son la familia ideal. Yo por mi parte, finalmente, después de una larga y muy tediosa espera pude publicar el libro para niños que tenia pendiente, el cual me dio la oportunidad de viajar a Madrid en donde conocí a Paulo, que al igual que Patricio, es pintor y mi actual pareja.
Todos en algún momento dado decidimos experimentar cosas nuevas. Decidimos vivir cosas por las que quizás, más adelante, nos arrepentiremos. Sin embargo, no las dejamos de hacer. Y aunque volamos a lugares insólitos para sentir esas sensaciones en la piel, siempre volvemos a nuestro punto de partida. Pajaritos volarán y a su nido volverán. Todos vuelven.
L'estremità.
Saturday, January 30, 2010
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